Algunas de las personas más buenas que he conocido en mi vida son aquellas que han atravesado por más problemas que el resto.

Hablo de esas personas que de verdad han tocado fondo y que, de alguna forma, han podido salir de las profundidades más oscuras.

Personas que han conocido la desesperanza y la vulnerabilidad,  a tal punto que se preguntaron si valía la pena seguir viviendo. Hay gente que ha vivido en el mismísimo infierno.

Por muy injusta que pueda ser la vida he notado que todas estas personas tienen algo en común: son realmente bellas. No se han vuelto frías y no se quejan por lo que la vida les ha hecho vivir.

Su fortaleza ha aumentado y se enfrentan a sus desafíos con el rostro en alto y con una valentía admirable.

Aprendemos a apreciar y a valorar lo que nos rodea porque sabemos que puede desaparecer en cualquier momento.

Una adversidad puede tratar sobre batallar con una enfermedad crónica, la muerte de un ser querido, una adicción, no tener un hogar, o algún impedimento físico o mental; existen millones de formas. Pero cuando una persona es empujada más allá del límite, todos sentimos lo mismo: desesperanza.

Sin embargo, en estos momentos de agonía no logramos reconocer que esta adversidad es el regalo más grande que alguien nos podría haber dado. ¿Por qué? Porque aprendemos a través de esas experiencias.

El regalo de la adversidad no sólo te da la posibilidad de convertirte en un ser humano más fuerte y más amable, sino que también hace que pases de ser una persona común a un ser extraordinario. Salud. 

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