He tenido una regla de la hostia. Sí, suelen ser dolorosas, desquiciantes, de darme la vuelta emocionalmente cada segundo, dejándome tan zarandeada que anulo esos días como propicios para la reflexión. Puede que por eso me venga a la cabeza la ultraderecha. Puede que sea por la sangre o que mi enajenación de los días previos al reviente me lleve a pensar en las personas que se dejan arrastrar por los salvadores momentáneos. Como ese ibuprofeno salvador que te está reventando por dentro. Eso es la ultraderecha, un paliativo, un anti dolor ausente de emoción que parece que te deja aliviada en el momento, luego qué. Luego sigue la vida y preferiría que en ella no tuviera que lidiar con más miradas ensangrentadas de ira y rabia.

Mirar hacia afuera es como tener una pre regla constante. Un girador de historias mediáticas se apodera de mi ordenador, de mi tendencia a procrastinar. Buscando en cada link una nueva salvadora que venga a poner orden. Pero necesito una salvadora no “ibuprofénica” sino que vaya a la raíz, a la base, que me diga aquello que me niego a oír: lo importante de la alimentación, los estados emocionales, los hábitos de conducta, que aportara una propuesta (no incendiaria, aunque sí radical) al espacio entre mis trompas y mi vida.

¿Hay algo de eso en la ultraderecha? ¿Algo más que frente al idependentismo, españolismo? ¿Algo más que borrar del mapa el sangrado de 26 millones de personas?

En mí dolor menstrual pasan por mi mente todas las sensibilidades del mundo, y las quiero atajar como lo hace el vocerío colérico, de sopetazo. No iría a votar con esa arenga, lo estaría haciendo contra mi propia persona contra mi propia regla.

A veces pienso que son tan sensibles para con ellos mismos; una bandera, un territorio, el poder, que no saben soportar su propia explosión neurótica y su propia falta de entendimiento, será porque no tienen el training menstrual, todos los meses, todos los años, de por vida. Para con los demás, son una orda de anti humanos que ven en lo diferente una diana a dar.

El victimismo. El victimismo, es la sopa de la alquimia con la que juegan los vendetta contra la evolución. ¿Quién piensa que puede salir algo bueno del odio?

Pienso en mi madre, en mi casa, en la educación. Incluso en algún domingo sentada en un banco corrido frente a un altar. Escuchando a un hombre de negro instándonos a querer y aceptar al diferente. Y bueno, claro, ahí la contradicción del poder. Estudia las flaquezas, las dudas de esas dolencias hacia el prójimo y las revienta para hacer una vendetta, un ataque hablando de ellos como si no fueran parte de la misma especie, como si 26 millones de personas, las que le sobran, fueran prescindibles por pensar de manera diferente.

La ultraderecha defiende la unidad, el uno del que manda, del que está en la punta, en la cumbre de la pirámide y todo lo que queda por debajo lo unifica en pisadas. A mi lado veo las huellas en la cara, el moratón en el ojo, el corte en el brazo y los callos en las manos.

Se apropian del nosotros, se sirven con la solución de un ibuprofeno envenenado. El slogan: ayúdenos a seguir pisándoles, pisándote.

¿Cómo lo sé? Son tan explícitos que la pregunta ofende. Sobre todo me ofende en los días señalados, en los demás me doy cuenta que es normal estar alienados viendo opinar constantemente a los tertulianos del prime time que en su dolor, menstrual o no, satisfacen las demandas de quienes les pagan los salarios y los meten en los altares de la audiencia. ¿Quién podría decir que no? Bueno, seguramente no te vas a enterar de cuantos han renunciado a trapichear con su dolor para salvar su pubis y desangrar a los demás. Si apenas lees o te informas más allá de las dosis de soma que te dan los cómodos telediarios de masas, si apenas escuchas al abuelo que te habla de la tierra y los animales, si no es importante salir a respirar aire no contaminado y apenas nos enteramos de que hay un informe, el más importante del mundo, que dice que el sistema capitalista no es compatible con la vida en el planeta, este planeta. Y a ti y a mí nos está esperando Amazon a que abramos la puerta. Otro juguete con el que aliviar el dolor, que hay veces que una ya no se quiere meter nada más en el cuerpo.

Y entonces o mientras tanto, esperamos algo de fuera que nos dé una solución rápida, algo que salve a los nuestros. Los nuestros: una identidad de grupo retorcida, adoctrinada por los blancos heteros que han seguido el sendero, lo “correcto”, mediáticamente hablando. Aunque eso signifique anular la naturaleza del cambio y seguir las formas del escaparate; sometimiento, demonización de lo diferente, destrucción del entendimiento y la sensibilidad de la especie.

¿No les parece que de eso ya tenemos bastante?

¿Nos va bien? ¿Les gusta? ¿Se sienten escuchados y resueltos por esas ordas de veneno? ¿La individualidad es la cobardía de la que hablaba Martin Niemöller?

Vinieron a buscar a los …., (rellenen los puntos con lo que quieran)

No protesté

Yo no era ….(repitan su sugerencia)

Les dejo que busquen como termina o como continúa el bucle.

Somos muy solidarios, tan solidarios como la bandera de la ultraderecha que no solo mandaría en caliente a todo aquel que no tenga billetes en la cartera, sino que por qué no, si ya estamos tan curados de espanto que todo nos da igual, se los cargaría en prime time para dar lecciones de obediencia. Armas disuasorias contra la especie y por las fronteras. Esto es de primero de fascista.

Está claro que no irían como yo a hablar de su regla, sino que te contarían que la economía es solo para los que están arriba, los de abajo tienen que sufrir por el hecho de estar abajo. La empatía es solo un gesto que se le hace a la bandera y a la monarquía y a partir de ahí abrirán todas las puertas a la posibilidad de seguirse enriqueciendo a costa de nuestro dolor y de mi regla.

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