El próximo 28 de abril, pretendemos volver a caer en cuenta de la importancia de la seguridad y la salud en el trabajo. Volveremos a recordar el origen de la efeméride y desgranaremos datos estadísticos. Y sí, el número total de fallecidos durante la jornada laboral aumentó.

Hoy, recordaremos que se trabaja para vivir, hablaremos de la importancia de la prevención y de la influencia de la precariedad en los accidentes laborales. También hablaremos del Covid. Es mucho lo que hay que tratar ante un asunto importante y complejo.

Al no ser yo importante ni complejo, me gustaría hablar de una sola cosa. Algo que ocurrió hace años y que aún recuerdo de un modo rasposamente indeleble.

Yo trabajaba en una administración pública, y cada mañana, para recoger cierta documentación, hacía mi recorrido hasta otro departamento en el que se hallaban unos quince compañeros. Había mal ambiente en esa oficina: la carga de trabajo superaba todas las ratios nacionales, los medios para llevar a cabo la tarea eran escasos, los procedimientos ineficaces, las consecuencias de un error podían derivar en la apertura de un procedimiento penal, y el responsable del departamento aumentaba la presión sobre los trabajadores con la constante amenaza de consecuencias para el que no cumpliese lo que él marcaba.

En la primera de una larga fila de mesas, se sentaba un compañero joven, recién aprobada la oposición. Tengo tendencia a invertir momentos con las personas con las que comparto espacios o trabajo, así que fuimos cruzando, él y yo, algunas palabras.

Eran brevísimas conversaciones mientras yo recogía mis papeles y él iba tramitando los suyos, un “¿qué tal la familia?, ¿has cambiado de piso?, vaya partido…”

En aquel momento yo era representante sindical, así que me cogía parte de las horas que me correspondían para recorrer el centro (unos 800 trabajadores), y en tales momentos, las conversaciones que podía mantener con unos y con otras ya no las pretendía brevísimas. Tampoco con el compañero de la primera mesa, al que fui conociendo.

Esto es algo de lo que me contó: el responsable del departamento le había dicho que tenía que cumplimentar unas estadísticas. “¿Pero te habrá quitado parte o todo el trabajo que ahora haces?” le pregunté. “Pues no, dice que tengo que hacerlo todo, le he dicho que no puedo, que es imposible, pero él me responde que eso es mi problema y que me atenga a las consecuencias si no lo hago”. Y eso me lo decía casi llorando.

No eran poca cosa esas estadísticas; daban para, al menos, un par de semanas a tiempo completo.

El responsable del departamento eligió a este chico porque era lo más fácil: funcionario en prácticas, joven, novato, con un carácter cuando menos débil, amedrentable, en suma.

Mis intentos de hablar con tal responsable fueron infructuosos y el resto de compañeros estaba agobiado por su propia carga de trabajo y en pleno individualismo modo “sálvese el que pueda”; las acciones colectivas quedaban descartadas en el corto plazo.

El compañero de la primera mesa se suicidó.

La familia vino al entierro, una madre y dos hermanas. La escena la conservo en la memoria como una corta sucesión de fotografías. Los nichos y frente a ellos las tres mujeres que se abrazan y lloraban. Una segunda fila con el director, un subdirector y el responsable del departamento, un hombre alto que se inclina sobre el oído del director para decirle algo que hace sonreír a este último. Detrás, cuatro compañeros, en silencio. El día conviene al acto, gris, ventoso.

Aprendí que un suicidio puede ser accidente de trabajo. Que cierto estereotipo interesado del funcionario desocupado es falso.

Aprendí también que no podemos desentendernos de los demás, y que, la moral del trabajo no refiere a las cosas, a la producción o a la eficiencia, sino a las personas.

No hay dos accidentes de trabajo iguales; lamento todos los que he vivido, pero este lo recuerdo especialmente. En este mundo nuestro de banalidades puedo asegurar que ninguna muerte es banal.

El compañero de la primera mesa tenía antecedentes por depresión.

Años después, volví a encontrarme con el responsable del departamento; había ascendido. Yo estaba de lo mismo, y seguía de representante sindical.

En un pasillo, con tono recriminatorio, el ahora señor director me dijo, moviendo su dedo ante mi rostro:

  • Usted habla demasiado con la gente.

Bueno… no sé cómo le miré, quizá perplejo. No contesté porque quizá no había contestación posible. Me fui, pasillo adelante, hasta la siguiente mesa.

Juanjo Noguera

Hoac Centro de Alicante

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