Francisco Jesús García García

Que os dé de comer la República. Esa fue la venganza de los propietarios y terratenientes contra los braceros que masivamente apoyaron la instauración de una República laica, transformadora y modernizadora hace noventa años. Siguiendo las consignas de la Confederación Española de Derechas Autónomas, y con la colaboración activa de la Guardia Civil, optaron por que la cosecha se perdiera sin recolectar, dejando que los cerdos se la comieran, para sembrar el hambre y el caos y sentar las bases para el restablecimiento del régimen anterior a 1931.

A esa estrategia se sumó el contexto histórico del ascenso del nazismo en Alemania y el fascismo en Italia, la ceguera de las democracias parlamentarias europeas, el retrógrado clérigo hispano y un ejército que, humillado por sus derrotas militares en Cuba, Filipinas y Marruecos, buscó resarcir sus fracasos militares con un golpe de Estado frente a sindicalistas desarmados que desató la Guerra Civil, acabó con la República, y terminó restaurando la Monarquía.

Es una triste historia conocida -o no tanto entre las nuevas generaciones- a la que no fueron ajenos los enfrentamientos ideológicos entre los republicanos, la desunión de la izquierda y las incompatibilidades entre estrategias sindicalistas. No obstante, conviene tenerla bien presente porque la situación política resultante del estallido social del 15 de mayo de 2011, ochenta años después de la proclamación de la República, puso de manifiesto la debilidad estructural de la restauración monárquica, antes incluso de que saltaran a los medios de comunicación los casos de corrupción vinculados a la familia real, capitaneada por un Rey emérito con evidentes vinculaciones a prácticas irregulares de grandes empresas y proyectos internacionales.

La crisis económica de 2008 (treinta años después de la aprobación de la constitución monárquica) y la crisis pandémica (90 años después de la proclamación de la República), han resucitado las colas del hambre, avivado el deterioro institucional, desvelado las limitaciones del modelo autonómico, y planteado dudas sobre la eficacia de la Unión Europea, llena de retos verbales pero con pocos réditos reales.

La negativa durante décadas del bloque del turnismo bipartidista (Partido Popular-Patido Socialista) a reformar la Carta Magna del 78, ha hecho que el edificio constitucional cruja por todas sus columnas como el edificio viejo que es, abriendo un boquete por el que podría empezar a entrar aire freso. Y hoy, como antaño, la derecha reaccionaria ha elegido como respuesta política la misma estrategia de tierra quemada frente a cualquier posibilidad de cambio.

Ya sé que hay quien no se sentirá con alma republicana ni siquiera el 14 de abril, día de la República. Uno de los efectos secundarios de la nueva política ha sido la aparición de una generación de jóvenes ignorantes, adanistas y arrogantes, que se pretende ubicada en el coro de los ángeles serafines, en una metarealidad virtual por encima del eje izquierda-derecha y a la que les queda grande el proceso de transformar una guerrilla tuitera en un ejército político regular bien asentado en el territorio.

Para ella establezcamos una premisa clara y concisa: el origen de la actual monarquía española se asienta sobre los cimientos de un golpe de estado ilegítimo y el único destino aceptable para ella es la disolución para dar lugar a un estado abiertamente republicano, laico, feminista, socialmente solidario, ecológicamente sostenible y que contemple el derecho a la autodeterminación de los pueblos que lo componen.

Así, axiomáticamente, sin referéndum.

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