Escribir sobre fútbol base no es tarea fácil. Uno tiende a dejarse llevar por la inercia de lo vivido y se hace cuesta arriba el intentar componer algo con la cabeza fría o sin perder la cordura… Yo siempre me he resistido a llevar más carga que la mía propia y añadir el rencor a la mochila es un lastre enorme. Cada temporada empezamos de cero. Reset y a jugar. Dicho esto, no es mi intención sugerir que del fútbol base, esa raíz del fútbol, no podamos hacer una crítica sangrante. Es imperfecto en todos sus componentes y todas sus facetas. Y por momentos también oscuro y turbio, no cabe duda. Y hay temporadas en las que no conseguimos ver la luz al final del túnel. Ahora viene el spoiler: Al final siempre está la luz. Doy fe. Bien sea por una decisión que nos libere, bien sea por una mano que nos rescate. O porque los que nos rescatemos seamos nosotros mismos. Las mejores lecciones se aprenden en los peores momentos. Lo confirmo. 


Hoy no quiero echar más leña a un fuego que ya arde solo. Malos padres y madres, malos entrenadores, malos presidentes, malos clubes… Padres que pierden los papeles y el norte, entrenadores que no saben gestionar emociones (nunca criticaré una decisión deportiva), presidentes que…, clubes que… Triste espectáculo en un mundo por y para niños. En nuestra pequeña historia de amor al balón, nuestra suerte ha sido dispar, incluso parecía que en el balance a fin de temporada el saldo nos había podido resultar negativo. Pero siempre mantuvimos la esperanza de volver a comenzar con los valores que creemos que deben acompañar el camino de un deportista. O de una buena persona. Esos buenos padres y madres, buenos entrenadores, buenos presidentes, buenos clubes… Porque al final nos quedamos con que, en los peores momentos, hubo una madre y un padre que permaneció en la grada a nuestro lado y nos hicieron sentir que no estábamos solos; un entrenador que ayudó incansablemente a brillar en los primerísimos años, o uno que enseñó a aguantar sin perder el ánimo ni la ilusión bajo la tormenta de una temporada complicada, o el que hizo del equipo una familia, o el que no dudó en sacar los puños y pelear por nosotros cuando se nos frenó el vuelo injustamente; o un club que apuestó por ti a ojos cerrados y te hizo volver a creer que se puede seguir creciendo y que estás en tu casa de nuevo. Quizá mi optimismo sea excesivo y algunos crean que es una causa perdida ésta de defender lo indefendible. Que el fútbol base está condenado porque ha perdido su esencia. Yo sigo empeñada en seguir confiando una y otra vez en cada persona que lo forma y no lo deforma, pues sé que están de nuestro lado. 


A estas alturas de nuestro bagaje futbolístico ya hemos ido dejando atrás más de un amigo. Unos porque dejaron de creer en el fútbol, otros porque siguieron otras voces que les llevaron a otros destinos y otros por no poder oír su voz interior en medio del griterío del campo y la grada. Rendirse no debería de ser nunca una opción para un niño y ahí es donde los adultos debemos ser ejemplares. Si no hemos perdido esas ganas de seguir intentándolo a pesar de los tropiezos propios y de las zancadillas ajenas entonces es que, como parte fundamental de este “fútbol pequeño“, algo estaremos haciendo bien. Seguro que no somos los únicos. 

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