“Cuando camines a través de la tormenta,

mantén tu cabeza alta

y no tengas miedo de la oscuridad…”
 
Sigue caminando a través del viento,


sigue caminando a través de la lluvia,

aunque tus sueños sean tirados y lanzados al aire,

sigue caminando,

sigue caminando,

con esperanza en tu corazón

y nunca caminarás solo,

nunca caminarás solo…

” 
No hace falta ser un fanático del Liverpool para escuchar los primeros acordes del “You’ll never walk alone...”, el Himno de los himnos y que se te erice la piel.

Y si lo escuchas a capela en un Anfield a reventar, pues entonces hablamos de magia. No de la de trucos baratos, magia de esa en la que sólo el fútbol te hace creer. 

Como madre, hice mía cada estrofa hace ya diez años, cuando mi hijo se aferró a un balón y a esos tres palos como si le fuera la vida en ello. Todos los que tenemos un hijo o hija dejándose la piel y algún que otro dedo o tobillo por esos campos de Dios, me entenderá. ¡Qué duro es esto de “acompañar“! Precioso verbo y qué poco lo usamos e interpretamos como debiera.

Los primeros años de esta bendita locura siempre son de gradas llenas y mil vivencias compartidas. Querubines, escuelitas, prebenjamines… Cuántas maneras de llamar a este fútbol temprano de escasa técnica y toneladas de ilusión. Y qué precioso su recuerdo… 

Pasan los años y las gradas se vacían poco a poco, cosas de esta vida ajetreada y llena de imprevistos que nos cambia de un día para otro todas nuestras prioridades. Pero algunos seguimos aquí, resistiendo… Vamos añadiendo categorías a esta carrera de fondo y seguimos avanzando. Y aquella alegría por el balón se convierte de pronto en un camino de aprendizaje, disciplina, esfuerzo, sacrificio, respeto, suplencias, descartes…

Comienzan las primeras frustraciones, las primeras decepciones y los primeros abandonos. Aparece el desencanto en mal momento: La adolescencia. Esa llama que ardía con tanta intensidad, hoy languidece por el hastío en esa complicada edad.

Y los padres, que a veces nos encanta convertimos en maestros de lo que no somos, ahogamos un poco más esa brasa que se resiste a extinguirse del todo.

Dejémosles JUGAR. Jugar siguiendo una sola voz en el campo o puede que dos y que entonces una de ellas sea sólo la de su intuición. No se trata de correr hacia una meta improbable, todo llegará a su tiempo si debe llegar. Se trata de ESTAR.

Que no nos vea en la grada un gesto de decepción por un mal pase o una mano que no llega, porque ese pase y esa mano al final llegará. Pregunta siempre si todo va bien (cabeza y corazón). Y relativiza la derrota y la victoria también, quizá más aún. Y enséñale que su actitud es su tarjeta de presentación. Que hay batallas que deberá luchar solo aunque tú sepas que permanecerás no muy lejos en esa eterna retaguardia. 

Diez años en la grada dan para mucho. Puede que la perspectiva como madre de un portero sea diferente. Como la de ellos en el campo. Y es que hemos visto de todo y hemos vivido temporadas para escribir un libro. Las tuvimos para enmarcar, con poco éxito en el marcador pero llenas de preciosos momentos y personas que las hicieron perfectas. Y a las malas, que las hubo, agradecerles que estuvieron en el tiempo y sitio adecuado porque nos ayudaron a crecer. “Resiliencia” es desde entonces mi palabra favorita…
En fin, este camino que eligieron con toda su alma es duro y por momentos implacable, pero si acompañas cada paso suyo y disfrutas del paseo sabrán que nunca más caminarán solos aunque ya sepan volar. 

AURORA GAUBERT.

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