“Me llamo Aurora Gaubert. Desde hace algunos años tengo la suerte de compartir mis dos pasiones en un mismo sitio: Fotografía y fútbol. Una privilegiada a pie de campo. Orgullosa madre de dos chicos increíbles. Uno de ellos se puso balo los tres palos.

Escritora ocasional sobre el fútbol base. Un lujo poder compartir con vosotros desde ahora mis reflexiones en voz alta sobre el deporte rey”.

EL FÚTBOL PEQUEÑO.

Hace algunos días me invitó un amigo a escribir por estos lares. “De lo que quieras“, me dijo.

De fútbol base“, le contesté rápidamente.

Luego pensé que quizá no tuviera nada interesante que decir y me dio vértigo el compromiso. Pero yo siempre he escrito con el corazón y el corazón, dicen, nunca será una mala elección. Adelante pues…

 Yo no sé mucho de fútbol técnicamente. Siempre lo aviso. Como diría mi admirado Galeano, sólo soy un mendigo del buen fútbol: “Una linda jugadita, por el amor de Dios…

Escribo como hincha de corazón y tripas. No concibo otra manera de serlo. Y escribo con cierta frecuencia sobre sus luces y sus sombras. En lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad… Amarlo como en un matrimonio, añado. Pues hoy el fútbol base, y en general el mismísimo fútbol, está convaleciente.

Este medio tiempo mundial nos manda al banquillo con pronóstico reservado. Cada quince días nos dice el médico si podemos volver a hacer vida normal pero no hay mejoría. Nosotros, como adultos responsables (quiero creer que la mayoría), hacemos caso y pasamos a otros quehaceres mundanos que nos distraigan la atención del borde de este pozo sin fondo visible a corto plazo. Pero los niños… ¿Qué hacemos con los niños?

Del colegio a casa y de casa al colegio. Y vuelta a empezar. Se cierran de nuevo los campos de sueños. Qué forma más bonita de llamar a ese rectángulo verde. Siempre me gustó. Y es que un campo de fútbol es todo para un niño. Ponerse los guantes, calzarse los tacos, subirse las calcetas, pisar el césped… Volar. Y soñar. Soñar que eres grande como los grandes aunque sólo sea durante apenas una hora. Y hacer de un compañero, un camarada. De un equipo, una familia. De un buen entrenador, un guía. De la derrota, una lección de vida y de la victoria, una de humildad…

Reír y a veces llorar. Cuántas lecciones aprendidas corriendo tras un balón o volando bajo tres palos. Y qué grande la lección que nos dan nuestros hijos e hijas cuando todo se derrumba alrededor y acatan sin rechistar que las puertas tras las que son tan felices se cierran sin próximo aviso de apertura.

Quizá la respuesta está en no perder la esperanza. A veces pienso que la vida es más sencilla de lo que la vivimos y los niños siempre tienen la clave para afrontar esas grandes dificultades que hacen que los adultos no podamos pegar ojo. Yo no sé de fútbol, ya lo veis. Pero, como madre de portero, sí que sé de niños y … de sueños.

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