Hoy, después de varios meses de insomnio he logrado yacer en los brazos de Morfeo sininterrupción alguna. Ayer, mi eminencia, se apiadó de nuestros estómagos y nos proporcionó las sobras de la cena. Así pues, dormí con la panza llena.
He tenido un dulce sueño, en el que mi amado Froilán, el chico que vive al otro lado de la Catedral, entraba a mis aposentos en mitad de la noche, se tumbaba a mi vera.
Quedándonos cara a cara, él me miraba intensamente. Verlo de nuevo, era como tener unmillón de impulsos eléctricos recorriéndome las venas, paralizándome y accionándome.Atrapó mis manos con las suyas y permaneció a mi parecer horas acariciándolas, ya que lapiel de éstas estaban agrietadas y callosas, debido a las excesivas horas de trabajo duranteel día. 
Me acarició un dedo tras otro, entretenido en aliviar el dolor que cargaba en ellos. La luz de la luna era la única que iluminaba la pequeña estancia, ésta se refractaba a través de su iris y cuando le sostenía la mirada, podía ver mi reflejo desdeñoso.
El color de mi piel era ceniciento, casi enfermizo. Mi rostro manchado, estaba adornado conunas profundas ojeras y varias cicatrices a lo largo de mi mandíbula.
Mi cabello estaba revuelto, lleno de polvo y enredos. Mi cuerpo, era delgado con escasez decurvas a causa del hambre. Era una criada que llevaba un simple vestido de lana, con unpaño que le rodeaba los hombros para protegerse del frío y unos zapatos excesivamenteendebles. Cerré los ojos, sabía que era un sueño, “Hacía mucho tiempo que nadie me trataba con tanta amabilidad” pensé.
Había heredado la estirpe de mi familia, es decir, el último puesto de la pirámide. No los conocí, algo que hoy en día agradezco.
Mi madre murió en el parto, dejando un bebe desnutrido en brazos de un hombre joven e inexperto. Éste al verse desamparado y afligido por la reciente muerte de su esposa, meabandonó a los pies de un monasterio y se marchó. 
Dejándome su injusto linaje sinprivilegios y una cadena con el nombre inscrito de mi progenitora. En consecuencia, así fuecomo me bautizó la hermana Elia quien me encontró cuando casi rozaba las puertas de la muerte.
Un nombre hermoso decían las hermanas, se traducía como “bella como la aurora”, “mujerresplandeciente” o “mujer brillante”.Aunque yo, un día de lectura encontré otro significado. En griego, significa “destructora dehombres” En cualquier caso, Helena hacía referencia a una mujer bella y poderosa.No a una mujer débil e inservible.
Viví trece años bajo el yugo de aquel lugar. Fuí la discípula de la madre superiora. Éstaintentó inculcarme las reglas de aquella vida monástica, me enseñó a leer y a escribir, acomportarme como una buena mujer católica, pero su propósito de convertirme en unanovicia fue en vano, ya que nací siendo una niña charlatana, curiosa y sobre todo, comodecía ella, “desobediente”.
Un obispo que se hospedó en el monasterio fue testigo de mi rebeldía y testarudez, y esamisma noche, ordenó a las monjas que empacaran mis cosas, ya que al amanecer me obligarían a abandonar aquel lugar para irme junto a él.
Nadie le desobedeció, yo miraba impotente a las que creía mi familia, y ninguna fue capazde mirarme a los ojos, excepto Elia, quien con el rostro ecuánime y los ojos perdidos en la oscuridad que se cernía sobre el día y me arrebataba las pocas horas que me quedaban, encontró mi mirada mortificada y comenzó a verter lágrimas silenciosas desde una esquina de mi cuarto. Elia, se pasó casi toda la noche postrada en mi cama, acariciando mi espesamelena. 
Compartimos lágrimas y palabras, le rogué que me sacase de aquel aprieto y aún recuerdo lo último que me dijo: “No luches contra él, deja de resistirte y te irá bien, no tehará daño. Eres muy fuerte” Ahí fue cuando conocí formalmente al miedo, nos estrechamos la mano y nos miramos desafiantes.
Aún era de noche, pero la luz morada del horizonte ya anunciaba la salida del sol, contemplé por última vez el que había sido mi hogar y me marché sin mirar atrás.Pero de eso ya han pasado tres años, cuando no era más que una niña sin alguna ideasobre la vida. Tenía poco más de trece años, pero mi rostro en forma de corazón que siempre había estado adornado con una pícara sonrisa ahora estaba serio, como si supiera que la vida no era fácil. El color verde de mis ojos se confundía con el castaño y el rojo de mis cabellos ya no ardía.
Ya no me sentía bonita, ni poderosa, no esperaba que nadie me lo dijese o pensasesemejante cosa. La vida eclesiástica era lujosa y cómoda. “Mi eminencia”, así fue como me ordenó llamarle desde que compartimos nuestras primeras palabras, era un hombre extrañamente joven para el puesto que ejercía, gozaba de una amplia vida social, organizaba cacerías a las que invitaba a otros privilegiados de la comarca, amaba la vida pública, la cerveza, las fiestas y las mujeres. Aunque tenía tanta fe en Dios como en la hipnosis y la magia.
Junto a la nobleza, formaba parte del estamento privilegiado. Poseía una gran riqueza patrimonial en forma de bienes suntuarios, iglesias y palacios, así como una importante cantidad de tierras. Recibía además importantes rentas en forma de diezmos, donaciones ylimosnas.
Me llevó a la catedral donde residía actualmente, y me convirtió en una de las encargadas de limpiar el lugar. El hogar del obispo me dió mucho trabajo, debía de limpiar las docenas de vajillas que poseía y casi nunca utilizaba, junto a los juegos de café de porcelana y lacristalería. Le zurcía la ropa y planchaba sus hábitos, limpiaba los inodoros y cada resquiciode cada estancia de la catedral. 
Cuando mi patrón enfermaba era yo la responsable de cuidar y poner un paño caliente en su frente. Había cocineras durante el día, pero sólo Anahí era interna al igual que yo. Su nombre significaba luz de la luna llena, era una chicarisueña aunque su timidez no me dejó nunca conocerla del todo.La que se encargaba de bajar al pueblo y hacer los quehaceres era yo. 
La que se había acostumbrado a los gritos que los mozos y burgueses dedicaban a mi figura, que ya era la de una mujer madura, redondeada y opulenta, con brazos suaves y un talle que se ensanchaba trazando unas curvas femeninas. Era yo. Solía desentenderme y pasar muy erguida ante todos. No ansiaba que me cortejaran. Solo tenía ojos para mi amado Froilán al que conocí a los pocos meses de habitar en aquel lugar.
Solo quería terminar mi labor y regresar a casa. Pero eso no evitó que los hombres fantaseasen con mi ser. Un día, regresando a la Catedral, por un camino poco transitado, tropecé con un burgués,éste llevaba años dedicándome miradas lascivas y curiosas, siempre le había dado laespalda y le había ofrecido mi mejor cara de indiferencia.Cuadré los hombros y tensé la columna, tratando de parecer desafiante. Eché a correr,intentando huir de mi acosador, pero mis cortas piernas no eran rivales contra las suyas. Meatrapó. Él ante mis súplicas y forcejeo, me tomó de las muñecas y me atrajo hacía él.
Intenté zafarme, pero fue inutil. Arrebatando cualquier pequeño resquicio que hubiese entrenosotros. Sentía su aliento embriagado en mi cuello, el miedo se apoderó de mí. Victoriosofinalmente. Incliné la cabeza hacia atrás y le escupí en el rostro, me arrepentí al instante por aquella reacción, abrí la boca para pedir perdón, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta porque en ese momento el burgués me pegó un puñetazo en la mandíbula y me soltó, caí tambaleándome al suelo. El asombro y el dolor punzante en la cabeza, que aumentaba, me impidió pensar con claridad. 
Él se secó el escupitajo de la cara, se sentó a horcajadas encima de mi cuerpo y me sujetó las manos contra el suelo, impidiendo queluchara. Metió su mano bajo mis faldas, intentando dejar mis piernas al descubierto. Grité,grité con toda mis fuerzas, pero él me pegó de nuevo un puñetazo en el vientre que me dejósin aire.
Abandoné la lucha, paralizada por el terror. Nada me había preparado para la llamarada de vergüenza que sentí cuando él separó mis piernas. Ni para el intenso dolor que sentícuando me penetró. Cuando se marchó, vomité y me quedé acurrucada llorando bajo unárbol durante horas. Ya de noche, me acomodé la ropa, me sacudí la tierra de las manos y decidí regresar a casa. Cuando ya estuve allí, la puerta fue abierta por el orador y cuando ví su mirada confundida me eché a llorar a sus pies, éste vio cómo me tambaleaba hasta postrarme a sus pies.
-¿Qué has hecho maldita desgraciada?- me reprochó, su voz era firme; su mirada fría comoel hielo. Sollozaba con fuerza, pero conseguí mirarle confundida.
-Mira tu cofia, está al revés, las medias las tienes arrugadas y manchadas de sangre- megritó con una mueca de repulsión.La vergüenza subió por mi rostro y me dejó paralizada 
-Yo no quería- tartamudeéforzosamente y un profundo dolor alimentó mis palabras.
-Has sucumbido a la lujuria, hija mía. Has mancillado tu pureza.- Escupió, sus palabras fueron un duro golpe de realidad.Yo sólo podía llorar y hundirme en un profundo pozo de agonía y dolor.
-A partir de ahora estarás en los aposentos del servicio, ayudarás en la cocina, en el huerto y seguirás bajando al pueblo, ese será tu castigo por tu pecado- concluyó entornando los ojos, luche contra el pánico que amenazaba con arrasarme. Me empezó a arder elestómago y un calor se desplazó por mis venas como si fuera agua hirviendo. Esa noche nodormí, solo veía encima de mí a aquel burgués que se atrevió a robarme algo que no lepertenecía.
Al día siguiente en el pueblo, nadie me dirigió la palabra, el corazón me latía deprisa y me sentía totalmente destrozada. Me dolía la garganta, como si hubiese pasado horas gritando, y también los dientes, de tanto apretarlos. Me sentía observada, todo el mundo me miraba por el rabillo del ojo y me gritaba obscenidades. Llevo meses desde entonces soportandoburlas y miradas reprobatorias de personas que antes me sonreían.
-Y así es cómo he acabado- terminé de relatarle a Froilán. Él me miró intensamente y yo intenté recordar con todo detalle sus hermosos y salvajes ojos grises, antes de que me despertara. La tensión que me envolvía desde que había comenzado mi historia, se disipó de golpe. Cuando su calidez y su aroma me envolvieron. 
Contuve el aliento cuando él meestrechó contra su pecho. Nunca un sueño había sido tan real pensé.Unas calientes y húmedas lágrimas descendieron sin control por mi rostro.
-¿Por qué lloras?- Me preguntó preocupado rompiendo el silencio.
– Porque ojalá esto no fuera un sueño- susurré mortificada. Sus dedos encontraron los míosen medio de la penumbra e ignore el escalofrío que me recorrió. 
Nuestras miradas se enredaron un segundo, me percate del sutil movimiento que hacía su garganta al tragar saliva, levanté la mano hacia su rostro y trace con el índice la delicada línea de su mandíbula.
No es un sueño, Helena.- mi nombre pronunciado por sus labios sonaba poderoso, me provocó oleadas de placer por todo el cuerpo, hasta que me despertó de mi ensimismamiento y me hizo caer bruscamente en la realidad.
-Antes de que digas algo, vámonos.- me suplicó y me tendió la mano, abrí la boca pero deello no salió ninguna palabra. Estaba totalmente conmocionada.
Le dí la mano sin poner ninguna objeción, me quedé sin aliento al sentir el contacto, tan íntimo. Y decidí sin ninguna razón aparente confiar en él. Cargué mi saco con las pocas pertenencias que poseía y salimos de la catedral sin vivir un fortuito encontronazo.
Su yegua nos esperaba a las afueras del recinto. Montamos y desde atrás le abracé confuerza, me miró bajo el cielo estrellado, sus ojos eran un mar revuelto llenos de sentimientosque no pude leer bien porque estaban demasiado enredados, sonrió cautivadoramente y mesusurró al oído:
-Ninguna de tus cicatrices puede hacer que te ame menos-. Mi corazón dió un salto de alegría. Podía ver las emociones de Froilán mezclándose con las mías, como si fueran colores.
Esto ocurrió hace unos días, a mi parecer años. Seremos perseguidos por su familia y laiglesia. Somos fugitivos del país, por consecuencia, me hallo escribiendo esto a bordo de un gran barco mercante rumbo a las Américas.
Zarpamos hace unas horas cuando el atardecer ya nos abrazaba. Froilán está a mi lado, mirándome mientras escribo con una sonrisa pícara. Nunca había tenido un sueño concreto, sé que suena muy conformista, tan sólo he querido ser feliz y creo febrilmente que puedo hallar la felicidad junto a Froilán. 
Ahora mismo, lo único que deseo es besarle hasta olvidarnos de quienes somos y de la historia que arrastramos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *