El anteproyecto de ley de memoria democrática que prepara el gobierno supondrá un avance cualitativo importante respecto a la ley de memoria histórica en vigor, una ley que, en lo relativo a la denominación de las calles de las ciudades, no sólo ha sido incapaz de hacer una limpieza profunda de la propaganda y la hagiografía franquista, sino que, como hemos visto en Madrid, no ha podido frenar, ante el recurso a las mentiras de quienes añoran el régimen golpista, la retirada de la denominación de las calles a Indalecio Prieto y Largo Caballero, en una pirueta que da vergüenza ajena y nos sitúa ante la realidad de la preocupante falta de formación de quienes asumen labores de gobierno en la derecha hispánica. Es obvio que quedan algunos flecos en la ley actual que deben ajustarse cuanto antes.

Uno de esos flecos, como decía, es lo que está costando limpiar el callejero de las ciudades de la iconografía franquista. Es importante resolver este asunto para que las calles reflejen la personalidad democrática actual, sin embargo, el tema se ha visto complicado por algunas decisiones que un sistema judicial, en parte en la inercia del antiguo régimen, está imponiendo; o por la actitud de la derecha carpetovetónica que insiste en que nuestra democracia sea más formal que real. Así se explican situaciones como la denuncia a la decisión del ayuntamiento alicantino del cambio de denominación de las calles que se saldó, en una decisión impropia de un sistema democrático, con la obligación de reponer los nombres franquistas, en pleno siglo XXI a las calles de Alicante, lo que muestra la falta de práctica democrática de buena parte de nuestra judicatura.

Las calles de nuestra ciudad deben llevar nombres coherentes con nuestra democracia. En esa línea, eliminar la calle a Paca Aguirre para, meses después, tras la muerte de la poeta, proponer incluirla en el callejero es un ejemplo del mal hacer de quienes pretenden un rendimiento electoral aunque sea con medidas contradictorias. El callejero de las ciudades deben ser reflejo de la sociedad que vive en ella, no deberían ser una enorme campaña publicitaria del régimen político de turno. Veamos el peligro de denominar las calles en función de políticas propagandísticas.

La plaza de Calvo Sotelo recibe ese nombre al finalizar la guerra y en el marco de la transformación del callejero de la ciudad de Alicante en un instrumento de la propaganda de los golpistas. Las matanzas de Franco, su estrategia de exterminio de quienes no pensaban igual y las prisas por crear un país a su imagen y semejanza, en un esfuerzo por imponer una nueva memoria en la que los héroes eran golpistas o protogolpistas, hicieron que políticos de medio pelo se apresuraran a cambiar los nombres de las calles imponiendo la hagiografía franquista para agradar al autonombrado líder.

De esa ridícula historiografía, Alicante recibió nombres impropios, ajenos absolutamente a la historia de la ciudad, disfrutando de un reconocimiento impuesto por una banda de renegados.

Entre los lugares que soportan, todavía, un nombre inadecuado está la Plaza de Calvo Sotelo, un agradable parque que recibió otros nombres con anterioridad: San Francisco, Reina Victoria, catorce de abril…

Según recientes investigaciones del historiador, economista y diplomático Ángel Viñas, Calvo Sotelo fue, además de un diputado cuyos discursos animaban al ejército a acabar con la República, el presidente de un partido monárquico con afinidades fascistas, Renovación Española, que se ocupó de asegurar la participación de la Italia de Mussolini en el golpe de estado. (un resumen rápido: https://www.publico.es/politica/angel-vinas-golpe-18-julio-instigado-monarquicos-connivencia-italia-fascista.html ). Una participación que incluía aviones de guerra como los que bombardearon el Mercado Central de Alicante. No deja de ser indignante que a unas manzanas del mercado bombardeado haya, todavía, una plaza en la ciudad dedicada a la memoria de uno de los instigadores del golpe de estado, del líder de la trama civil del golpe, del hombre de Mussolini, el que prestó la ayuda a Franco para bombardear el mercado.

Calvo Sotelo fue un hombre que desarrolló una larga carrera política porque la democracia reconoce y fomenta la diversidad ideológica, algo que el fascismo que él defendía, ni hizo ni pretendió hacer jamás. Eso me suena a la actualidad de una ultraderecha cerril que disfruta de la participación democrática que, curiosamente, no reconoce al resto de ideologías.

En la iconografía franquista, el asesinato de Calvo Sotelo, enmarcado en la dialéctica armada previa al golpe, se hizo pasar por el detonante del conflicto… como si fuera la gota que colmó el vaso de la paciencia de los golpistas, nada más lejos de la realidad, el golpe, y posterior masacre de españoles y españolas, estaba ya más que planificado y decidida.

Parece evidente que especialmente la Alicante democrática no debe rendir homenaje a la figura de un político golpista que está detrás de la presencia del fascismo italiano en el golpe de estado. Ninguna ciudad democrática debe sacar de los libros de historia a Calvo Sotelo y colocarlo en su callejero, y menos que ninguna, Alicante, tan dañada por los bombardeos de Mussolini y Franco.

La actualización del marco legislativo sobre la memoria histórica y democrática tiene que ser la ocasión para que nuestra democracia supere ciertos lastres indeseables y, sobre todo, para que alimentemos la inteligencia democrática con fuertes dosis de verdad histórica.

JOSÉ MARÍA RUIZ OLMOS/ @ccooam

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