Estoy atado a tí. Unas resistentes cuerdas mortifican la fina piel de mis tobillos y frenan cada paso que doy.
Eres una voz, un recuerdo, un sueño roto… Eres una sensación aplastante en mi pecho. Un bache en mi camino que no me deja avanzar, que provoca que tropiece sucesivamente con la misma piedra.
Eres una mirada, una sonrisa, una ilusión. Un fantasma que no veo, pero me advierte y me tranquiliza.
Eres una cicatriz, un golpe, una herida abierta que supura. Es tal la huella de influencia que has dejado en mí, que cuando me observan, te siguen viendo a tí.
Por más que intente huir, cambie o me esconda, siempre acabas encontrándome y haciéndome regresar a tus brazos. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *