Francisco Jesús García García

El acoso en cualquiera de sus variantes (escolar, sexual, laboral, psicológico, físico, cibernético, político… ) es un fenómeno complejo y diverso que, sin embargo, responde a un denominador común de cierto grado de violencia y a una estructura muy similar con tres partes protagonistas bien diferenciadas: la parte acosadora, la parte acosada y la “parte exterior potencialmente competente”.

Un ejemplo desgraciadamente muy frecuente. Una personica en un Instituto de Educación Secundaria es acosada por alguno o algunas de sus compañeras, que coinciden en el mismo curso desde hace años y todavía convivirán algunos años más. Para la escala temporal adolescente, la eternidad. En el acoso escolar además intervienen en proporciones variables los otros tipos de acoso (el sexual, el cibernético,…). Un infierno. Pero un infierno que deja huellas visibles fácilmente detectables. En la “parte exterior potencialmente competente” están las familias de la parte acosadora y de la parte acosada y, sobre todo, la dirección del Centro Escolar. La Jefatura de Estudios y el Departamento de Orientación Psicopedagógica tienen, no solo el mandato moral, si no la responsabilidad legal y la obligación profesional de intervenir para cortar de raíz actitudes que, de no erradicarse, derivan en consecuencias nefastas (suicidios, homicidios involuntarios, traumas de por vida, fracaso escolar…).

Para complicar las cosas la parte acosada tiene solo tres actitudes básicas posibles: aceptar con resignación la humillación del acoso, denunciarlo a la “parte potencialmente competente” o plantar cara a la parte acosadora. Por múltiples motivos, no es difícil imaginar que la primera actitud, bajarse los pantalones o subirse la falda, es la más frecuente.

Hagamos el experimento mental de imaginar que la víctima del acoso es una pareja de docentes. ¿Sería comprensible que la pareja se mantuviese callada en el Claustro del Profesorado sentada alrededor de la misma mesa que la Jefa de Estudios o la directora del Departamento de Orientación Psicopedagógica que no están haciendo nada al respecto?. Menudo ejemplo estarían dando a la Comunidad Escolar con su estrategia de víctimas que sufren en silencio. Sería como trasmitir el mensaje: “Eh, queridos estudiantes. No hay nada que hacer, si acosan al profesorado impunemente, imaginaros quién hará algo cuando os acosen a vosotras”.

El acoso de Galapagar no es una simple anécdota de violencia política. Es un hecho muy relevante no solo porque las dos personas adultas de la familia acosada sean, respectivamente, un Vicepresidente y una Ministra del Gobierno de España, sino sobre todo porque denota un patente fracaso del Ministerio del Interior, por incompetencia o por inacción, y probablemente por ambas causas a la vez. Al igual que cualquier modesto Jefe de Estudios de un centro escolar, entre sus obligaciones está poner fin a un acoso que ya dura más de cien días y que se ha extendido a dos Comunidades Autónomas.

La evolución de este caso abre numerosos interrogantes sobre la actitud de la “parte exterior potencialmente competente” para intervenir en el acoso. Pero también sobre la parte acosada. Porque Pablo Iglesias e Irene Montero, al igual que la pareja docente de nuestro experimento mental, se sientan todos los martes junto a Marlaska en el Consejo de Ministros. Sin embargo, ni la parte acosada ni el resto del Gabinete ha dicho ni una palabra, o al menos no ha trascendido, sobre la dejación de funciones, como mínimo, del Ministro encargado de la Seguridad del Estado.

Y no me vengan con la explicación de que hay que poner la otra mejilla por lealtad a la coalición de Gobierno. Se ha difundido ampliamente el reproche político de “falta de liderazgo” que ha hecho Pablo Iglesias a la Ministra de Educación en los días previos al último Consejo de Ministros. ¿Lealtad a un ministro del Gobierno de coalición en el caso de Marlaska pero no en el caso de Celàa?. La lealtad verdadera se basa en la sinceridad, no en aceptar el papel de víctima evitando denunciar a quien detenta, pero no ejerce, el poder de acabar con este caso de apología del acoso. #MarlaskaDimisión

(fuente de la imagen: portada de El HuffPost)

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