La mascarilla como frontera.

Si nos damos una vuelta por cualquier población, vemos todavía los efectos de los dos grandes males que nos afectan en la actualidad. Por un lado, el COVID19, del cual seguimos teniendo brotes, rebrotes, sustos y alarmas. Y por otro lado el capitalismo19, (le llamo así, y vale tanto para el siglo, como para el año pasado). Un capitalismo, que dejó de considerar al ser humano, como prójimo, y comenzó a deshumanizarlo. Como advierte el evangelio, no se puede servir a Dios y al dinero. Servir al capital lleva aparejado mercantilizar la dignidad humana.

Y la mezcla de los dos virus ha tenido como consecuencia más evidente y visual el uso de la mascarilla. Vemos terrazas, tiendas, grandes superficies, donde son los trabajadores los que tienen que usar las medidas más estrictas para no contagiar al cliente, aquel que paga el trabajo del otro.

No olvidemos que la mascarilla es una medida, en principio, generosa para no contagiar al otro si soy un portador asintomático del virus. Por lo tanto, me la pongo yo para proteger al otro. El que no se la pone, es el que puede ser peligroso en caso de ser un portador asintomático. De manera que el cliente que no se pone la mascarilla esta poniendo en riesgo al trabajador.

Donde más palpable se hace esta circunstancia es en terrazas y lugares de ocio. Allí vemos a clientes, que no se preocupan de la mascarilla frente a camareros que a sus duras condiciones laborales añadimos el uso de la mascarilla, y aún así realizando su trabajo.

Este rasgo parece marcar más distancias aún entre el otro y yo. Adela Cortina, cuando define la palabra aporofobia ya recalca que lo que nos hace rechazar al otro, no es tanto su procedencia, como su dinero o posición social. Corremos el riesgo de que empecemos a ver la mascarilla como el signo distintivo entre el que trabaja y el que consume. E igual que desde ciertos sectores se señala como peligrosos al que cruza la frontera, ahora empecemos a tratar al que está detrás de la mascarilla, como el otro peligroso que me puede contagiar.

Evidentemente no pretendo con este articulo ni prohibir las mascarillas, ni obligarlas más. Lo que sí que me gustaría es que pensáramos que detrás de la mascarilla, no hay otro que puede contagiarme, y por eso lleva la mascarilla, sino que hay otra persona que me está queriendo proteger.

No podemos olvidar tampoco en que realizar cualquier trabajo con la mascarilla puesta es más difícil que sin ella. Por lo tanto, es normal cometer más fallos, ser menos eficientes, entendernos, etc… Si intentamos recordar que esa persona nos protege con su mascarilla, lo trataremos mejor. Si pensamos que la mascarilla es la frontera entre consumidor y mercancía, será más fácil que nos comportemos de forma más inhumana.

El virus del capitalismo19, tuvo como consecuencia tratar al que viene de fuera de nuestra frontera como si fuera una cosa, con la que mercadear, e incluso en algunos casos hacer política basada en el odio. Esperemos que el COVID19 no convierta la mascarilla en otra frontera para crear más extranjeros.

Luis J.Juan

Profesor de Filosofía

Militante de la HOAC

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