OCHO AÑOS SIN TU SONRISA.

Me gustaría decir que el tiempo todo lo cura, es lo que se suele decir. Pero ese no es mi caso. El pasado 7 de marzo hizo ocho años que el cáncer se llevó a mi hermano.

Tenía toda una vida por delante, pero la pálida dama quiso llamar a la puerta de mi familia y se lo llevó. Siempre con la partida de alguna persona cercana, es cuando uno enfrenta, quizás los momentos más duros de nuestras vidas. Sin importar cuánto tiempo haya pasado, la cicatriz de esa pérdida parece a veces no desaparecer, y parece ser aún más especial cuando uno recuerda que ya pasó dos años de su partida.

¿Qué decir? Han pasado tantas cosas desde tu marcha. Pero tampoco voy a enumerarlas. Lo que sí que es un hecho es que tu árbol crece fuerte, robusto, tal y como eras tú. Y qué decir de tus querubines. Están para comérselos. Nunca nos olvidaremos de ti por el increíble ser humano que fuiste. Sabemos que siempre estarás con nosotros, y ahora sabemos que te tenemos, junto a la tía Pilar y el tío Rafa, esperándonos en el cielo.

En el octavo aniversario de tu marcha, aun te puedo sentir junto a nosotros. Siempre te recuerdo porque estoy seguro que tú estás cuidándonos como siempre. Y con esa sonrisa, la más hermosa del mundo. Hoy esta página encinta de mi blog trotamundos está triste, aunque a la vez contenta.

Triste por la fecha que es, aunque esto es como San Valentín o el día de la Madre. No hace falta que el calendario esté en rojo, porque no hace falta un día que me recuerde que tengo que pensar en ti, ya que lo hago muy a menudo.

¿Qué cómo me siento? Pues como apunta Sabina en esa canción que te gustaba: “Mucho más triste que un torero, al otro lado del telón de acero”. Ocho años, con sus días y sus noches. Sobre todo, esas noches. Han sido ocho años plagados de sinsabores. Huérfanos. Ocho años sin diástole ni sístole ni dueño. Ocho años en el que el médico sigue sin recetarme pastillas para sonreír. Ocho años tercos, injustos, rufianes, taimados, execrables, réprobos, malditos.

Unos días antes de que te marcharas, un sábado, estuve contigo. A tu lado. Te pido perdón porque sé que durante algunos años te fallé. Pero sé que me perdonaste. No dijiste nada, tu mirada me lo dijo todo. Ahora no tengo ganas de nada, únicamente de ti. Sabes, tu partida ha servido para hacerme más fuerte, para enfocar la vida de otra manera, para poner en una balanza lo bueno y lo malo, siempre pesando más lo bueno. Me guías todos los días, llueva, nieve, haga sol o frío. Sigues ahí, a mi lado.

Pero no te preocupes hermano. Sabes que lo hemos pasado mal, aunque nadie como tú sabes cómo lo pasaste todos esos meses. Aún así seguimos preguntándonos ¿por qué?

Pero esa breve pregunta sigue más de 2.500 días después sin respuesta. Esa maldita enfermedad que destruye, que aniquila, que desmorona, que pulveriza se apoderó de ti. Esa enfermedad sigue cobrándose víctimas. Seguimos emocionándonos en momentos puntuales. ¿Qué decirte? Ya lo sabes.

Los papás, a pesar de aparentar que todo está bien por fuera, siguen tristes, mohínos, afligidos y taciturnos por dentro. Que nosotros, tus hermanos, seguimos mirando al cielo en busca de tu estrella, cada noche, una detrás de otra, a pesar de estar apenados por tu ausencia, por tu marcha, por tu carencia, por tu eclipse; pero al mismo tiempo felices por poder recordarte tal y como eras: bondadoso, caritativo, fiel, quijotesco, magnánimo, tierno, afable, generoso.

Quiero recordar esta fecha con tristeza. Quiero recordar este día con una sonrisa. Tu sonrisa… Esa con la que enamoraste a Desi, con la que mostrabas tu lado más maravilloso, y el más benévolo. Sabes que a pesar de no estar en persona estás, claro que estás, en mi pesar, en mi corazón, en mi mente, en mi alma.

Tengo miles de razones para pedirle al viento que vuelvas, aunque sea como una sombra. Tengo razones, millones de ellas, para no querer olvidarte. El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados y además es el perfume del alma: Sólo se inventa mediante el recuerdo.

Además, todos los días tienen unas horas para gritar al filo de la aurora, la falta que me haces. No te digo adiós, aunque hasta las suelas de mis zapatos te echen de menos y los botones de mis pijamas lloren por tí.

Sólo te digo hasta luego. Y sigue sonriendo. Que nunca se apague esa maravillosa, tierna y dulce sonrisa. Te quiero hermano. Te quiero Salva.

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