RICARDO SEPULCRE.

Recuerdo cuando entre en la universidad. Una de las asignaturas de primero era Ciencia Política que la impartía, al menos a mi grupo, Eduardo Ruiz Abellán. Las clases, para mí, pasaron sin pena ni gloria. Aprender, aprendí, pero casi nada me impactó sobre el temario explicado en clase.

Pues bien, al igual que me pasó con las matemáticas del instituto, muchos años después, empezó a tener sentido materia tratada en clase. Recuerdo especialmente una del primer cuatrimestre, que en su día fue una más, pero adelantó a la perfección lo que estamos viviendo estos días.

Ese día nos estuvo hablando sobre las diversas etapas de la humanidad. Si mal no recuerdo, se dividía en: Prehistoria, Edad Antigua; Edad Media; Edad Moderna y Edad postmoderna.

La Prehistoria, por ejemplo, arrancó con los primeros seres humanos y finalizó con la invención de la escritura. La Edad Antigua, puso el fin con la caída del Imperio Romano. La Edad Media, con el Descubrimiento de América, o la invención de la imprenta, o la caída del Imperio Romano de Oriente. Y, la Edad Moderna, finalizó con la caída del Muro de Berlín.

Evidentemente que las fechas son móviles, aproximadas. El 11 de octubre de 1492 la gente no vivía en la Edad Media, con su sistema feudal, y el día 13, al descubrir América, todos se afiliaron a un sindicato y se fueron a trabajar la Ford. No, el proceso es algo más complejo.

Un cambio de Era es debido al colapso del sistema vigente. Las necesidades y preferencias de la sociedad cambian y llega un punto, que la relación existente, no es capaz de asumir la nueva realidad social. Así la Edad Media y su feudalismo, surgió debido a la imposibilidad de mantener el control y protección de las tierras, por parte de un único poder central. De esta forma, cada noble, ganó una autoridad casi absoluta de gestión y defensa dentro de sus tierras.

La Edad Moderna por su parte, fue debido al incremento de comercio entre mundos totalmente independientes hasta ese momento, como puede ser el Occidental, el Oriental y el progresivo de América. Una primitiva globalización surgió en ese mismo instante.

Mi profesor, marcó la Caída del Muro de Berlín como fin de esa Edad Moderna, nombrando Edad Postmoderna lo que surgía a continuación. No llegó a definir como sería el sistema en esta nueva Era. Eso sí, recalcó que, en la Prehistoria, el aprendizaje fue el motor; las relaciones sociales, políticas y culturales a continuación; las conquistas y la religión en la Edad Media; y el comercio en la siguiente.

Tampoco dudó en recalcar que estos cambios no se producen de la noche a la mañana. La transición no es otra cosa que una gran crisis global, una sucesión de pequeñas crisis, que puede durar entre cincuenta y cien años, y da fruto a un sistema social, económico, moral, cultural, etc. totalmente nuevo y desconocido.

A mediados de los 90, poco caso le hice a sus palabras y cayeron en el olvido tras el examen. En la crisis financiera de 2008, mi cerebro me transportó a esos días de universitario donde intentaron explicarnos que el instituto lo empezamos en una Era, y la universidad en otra distinta. Con la Crisis del Coronavirus he comprobado que tenía toda la razón y que se está cumpliendo, casi paso a paso, lo que nos comentó.

Para terminar, una buena y una mala noticia. La buena es que estamos haciendo historia: somos los esclavos que huían del Imperio Romano y buscaban protección en un señor que tenía tierras; los aventureros que se adentraban en un barco para ir a unas nuevas tierras que se han descubierto. La mala que van a venir más crisis como esta, y más duras aún, en los próximos años. Bienvenidos a la Edad Postmoderna.

¿Por qué estamos en un cambio de Era?

El otro día comenté la teoría de un profesor mío sobre el cambio de Era que estamos viviendo. A lo largo de toda la historia de la humanidad, ningún cambio radical se ha producido sin una gran crisis y estas, como comenté, son frutos de un colapso del sistema.

Sinceramente, desconozco que es lo que se nos avecina. Como serán esos nuevos tiempos que mucho me temo, nadie de nosotros llegará a ver con plenitud. Lo cierto es que no hay más que repasar la actualidad para encontrar unos factores que ha hecho colapsar nuestro sistema.

Antes de continuar, debido a que el razonamiento es una característica que viene de serie, pero no solemos emplear. Advertir que, creo, no va a volver nada de lo anterior. Por lo tanto, no sirve la típica afirmación de “eso, ha fracasado”. Y otra cosa muy importante, es una opinión mía, tan válida como la tuya, y que sería interesante también usar ese razonamiento para que cada uno analice como cree que será el futuro. Por cierto, así es como se avanza, con muchas personas corrientes, analizando el futuro y poniendo de su parte. No dejando que sean otros los que tomen el destino.

Yo creo que la globalización no ha muerto. Pienso que es un fenómeno que no tiene reversión posible, aunque sí que se realizarán numerosos ajustes. Hasta hoy, la ventaja de la globalización para los países ricos consistía en obtener los beneficios de los pobres (fabricación, contaminación, etc) sin los problemas de los mismos. La crisis actual, al igual que la de los inmigrantes, no lo olvidemos, nos recuerda que el pack es mucho más amplio que unas camisetas de Zara o un móvil. Las desigualdades que generamos, y que gracias a la globalización los países pobres son conscientes, están originando un verdadero “Efecto llamada”, problema que tenemos aquí, pero no sabemos cómo atajarlo.

El coronavirus es lo mismo. Una persona se come un murciélago en un lugar remoto de China, y dos meses después medio mundo está encerrado en casa. Por lo tanto, “sus” problemas viajan a la misma velocidad que un Ipad camino de la Apple Store de la ciudad de turno. A este problema hay dos soluciones, ninguna de ellas lo suficientemente maduradas, ni preparada la sociedad para ellas: cerrar todo y asumir que tenemos que sobrevivir con nuestros propios medios, y nos acabaran sobrando naranjas, y faltando ordenadores; o, por donde yo creo que vamos a caminar, ir evitando esas desigualdades para que tenga las mismas garantías, riesgos y condiciones, comerse una serpiente en Laos, o en el Bulli de Ferrán Adrià.

Otra cuestión la encontramos en materia económica. Actualmente, la sociedad se encuentra por debajo de la economía. Nos importa más que nos reduzcan los impuestos, a tener camas en un hospital. Las campañas electorales se saturan de bajadas de impuestos sin que nadie se preocupe de en que partida se meteré la tijera. Un país actúa más en función de lo que dicen los mercados, que en satisfacer las necesidades de sus ciudadanos. Pues bien, esta parte creo que también se modificará. Valoraremos más nuestra calidad de vida, que nuestra calidad bancaria: de nada sirve tener buena salud en el banco si, por ejemplo, no podemos ni desconectar dos semanas del trabajo.

En este tema también incluiría un asunto que trataré en una entrada aparte: un sueldo por no trabajar. Suena descabellado, pero está mucho más cerca de lo que pensamos. El problema, es que la sociedad no está preparada aún para ello. No olvidemos que vivimos en un mundo laboral donde primar más estar diez horas en la oficina, aunque sea en Facebook, que solo cuatro, pero no perdiendo ni un minuto. Insisto, ya lo trataremos más adelante, pero intuyo que una paralización total del planeta, como la que estamos viviendo, apenas afectaría.

Por último, para no extenderme en exceso, el medio ambiente también será fundamental. De hecho, ya lo es, pero todavía no lo hemos comprendido. No conozco absolutamente a nadie que prefiera vivir en una ciudad contaminada; o que le guste los ríos sucios; o que no disfrute con zona llena de árboles. El problema es que no están dispuestos a renunciar a otras cuestiones para conseguirlo. Por lo tanto, entramos en la justificación de nuestras acciones, y negación del daño. Las nuevas generaciones, ya reciben una educación más seria, por lo que tienen una concienciación mayor con relación al medio ambiente y tienen una mayor predisposición a eliminar de su rutina elementos perjudiciales.

En este apartado, quizás también podamos incluir la paulatina eliminación del coche privado. En nuestra adolescencia, el objetivo era cumplir 18 años, para obtener el carnet de conducir y adquirir nuestro propio vehículo. Era un símbolo de libertad. Hoy en día, cualquiera que trate mínimamente con adolescentes, comprenderán que el tener móvil, por ejemplo, está a años luz por encima que el vehículo. En un instituto, por ejemplo, los desplazamientos se suelen realizar en bicicleta y dudo mucho que entre todos los de la ciudad, diez lo hagan en ciclomotor.

Nuestros jóvenes, prefieren el transporte público, el compartir vehículo con plataformas como Bla Bla Car y ya, por último, y si no queda más remedio, un vehículo propio con toda su ristra de gastos e inconveniente que conlleva.

Por supuesto que todo lo expuesto aquí es, simplemente, una opinión. A día de hoy, ni la sociedad se encuentra preparada para estos cambios, ni las propuestas están suficientemente maduradas y desarrolladas para ponerlas en práctica, pero podríamos ir por ese camino.

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