Me cansa el mensaje navideño del Rey.

ÓSCAR CRESPILLO/ @ocrespillo

De pequeño recuerdo cómo era la Nochebuena en casa. Solíamos compartirla mis padres, Maribel y José, mis dos hermanos (ambos más pequeños que yo), Héctor y Jandro, y mis abuelos, Isabel y Antonio.

La cena, copiosa y abuendante , y la bebida, no menos abundante, acompañada por algún villancico y las bromas incesables de Antonio eran la previa para el momento importante: el mensaje navideño de S.M. El Rey Juan Carlos I.

SE HACÍA EL SILENCIO.

En cuanto sonaba el himno de España y aparecía el rostro del monarca, se hacía el silencio. Había que escuchar el discurso sí o sí. Y si no, el bueno de mi abuelo soltaba la bronca del siglo: “¡¡¡Queréis callaros de una vez!!!!” para terminar con su frase típica cuando estaba enfadado: “Joer, rejoer, leche”.

UN REPUBLICANO FIEL.

Antonio era un bonachón. La mejor persona que he conocido en mi vida. Eso sí, a carácter no le ganaba nadie. Claro, era Crespillo. El Crespillo más grande de todos. Estudió en la Academia Militar y en la guerra ya era Capitán de la Segunda República.

Cuando perdió la guerra el bando democrático para gozo de los fascistas, tuvo que emigrar con su mujer e hija (mi abuela y mi madre) a Larache. Allí encontró trabajo como marinero para acabar siendo patrón. Todo un crack.

Y siempre me decía lo mismo conforme yo crecía: “el abuelo es republicano, no solo por los valores democráticos que defendía el sistema; además lo es porque juró esa bandera siendo militar. Y un militar siempre debe honrar y defender la bandera que jura” (Igualito que Franco, ¿verdad?)

VUELVEN A ESPAÑA.

Pasados los años, y con el dictador aún en vida, Isabel y Antonio deciden volver a España. Corría el año 1964 y mi madre era toda una guapísima jovenzuela que deseaba estar en su país. Como lo deseaban mis abuelos. Él, consiguió trabajo rápido en un taller de hierros donde pronto logró ascender, a pesar de su cartel de “rojo” gracias a un gran señor que tuvo como jefe, el señor Cantos.

Cuando muere el Caudillo, quien suscribe estas líneas, tenía apenas un año de edad, y como les contaba, recuerdo cada noche anterior a Navidad, cómo mi abuelo nos hacía escuchar al Rey.

Él no entendía de puestos a dedo, de herencias franquistas, no. Él creía que la democracia llegó gracias a todos los que lucharon en la guera, gracias a las resistencias, y, sobre todo, gracias a que Juan Carlos “engañó a los fascistas y por eso no podían verle“.

LA ACTUALIDAD.

En este momento, no sé qué diría mi querido abuelo en cualquier Nochebuena. No sé si desearía oir a Felipe o preferiría un Jefe de Estado elegido por todas y todos. Tampoco voy a hacer conjeturas sobre ello.

Pero sí que afirmo que, personalmente, a mí me cansan los mensajes navideños: sean de Felipe VI, de los Presidentes Autonómicos, o de la alcaldesa de turno. Siempre dicen lo mismo, con el mismo tono, los mismos tópicos, y con discursos muy planos.

Hace ya demasiados años que no escucho ninguno. Y no suelo leer la prensa el día 26 (saben que el 25 de diciembre no hay) ni veo las noticias el día de Navidad porque más de medio periódico o telediario se dedica al señorito que está sentado frente a la pantalla diciendo memeces.

Una casa real que ha tenido a su alrededor tantos escándalos, con un Rey emérito al que no se le puede investigar ni después de dejar de ser Rey en activo, merece ser escuchada en cualquier caso de gravedad pero no para oír gilipolleces, para oír lo mismo de siempre. Y no pierdo un minuto en ello de mi vida.

Añoro aquellas Nochebuenas. Añoro la libertad absoluta de elegir a mi Jefa o Jefe de Estado. Añoro tantas cosas que solo me apetece decir al pensar que somos de los pocos países que tenemos un Rey no elegido en pleno año 2019: “Joer, rejoer, leche“.

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