Papá cuéntame otra vez esa historia tan bonita…

Os voy a contar una historia. No es mía, es una reflexión de Ismael Serrano, un magnífico cantautor que antes de entonar su archiconocida «Papá cuéntame otra vez» dejó un discurso que bien vale reproducir. 

Vino a decir que buscaba un reproche, una bronca para la generación de sus, en definitiva, nuestros padres. Apuntaba qué el relato que hacían nuestros padres de su juventud era edulcorado.

Es cierto que muchas personas se dejaron la vida para que dicha canción saliera a la luz, o por lo menos su mensaje. Muchos sueños quedaron olvidados en un rincón y las cosas se torcieron de alguna manera.

El tiempo pasa y es ahora cuando somos padres, o por lo menos, nos acercamos a la edad de nuestros progenitores cuando lanzaron ese mensaje. Es ahora cuando caes en la cuenta de muchas cosas.

Se hizo un relato que no se acercaba a la realidad. Pero ellos, al menos, tenían un relato. Llegan tiempos nuevos. Un tiempo de efervescencia. Un tiempo en el que los ciudadanos nos miramos unos a los otros como hacía tiempo que no ocurría. Un tiempo que merece un nuevo relato.

Una historia que le contaremos a nuestros hijos. Un relato en el que se hablará primero de un tiempo en el que ocupamos la calle y después las instituciones para devolver la soberanía al pueblo.

Nuestros hijos crecerán, maldita sea. Y quizás sea ley de vida que los padres le reprochen a sus hijos sus fallos, sus errores. Pero tú y yo al menos podremos decir que lo intentamos.

Que lejos de quedarnos inmóviles al lado del camino supimos aprovechar el protagonismo que nos correspondía. Y nos hicimos presentes, y cambiaron las cosas. Por que de repente recuperamos la iniciativa, nuestra capacidad para influir en el devenir político, en definitiva, el control de nuestras vidas.

Soy de los que piensa que no cualquier tiempo pasado fue mejor, sino más bien lo contrario. Lo mejor está por venir y queda muchísimo por hacer.

Pero eso lejos de ser un reto abrumador, un peso asfixiante, es un reto maravilloso que nos mantiene con la cabeza alta buscando la mirada del otro, convencidos de que la cosa va a cambiar y ya no hay quien lo pare.

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