Francisco Jesús García García

El gato de Schrödinger es un experimento mental de la mecánica cuántica que conduce a una paradoja física todavía no bien resuelta, porque de las propiedades del electrón se deduce que el susodicho felino, encerrado en un armario, tiene la propiedad de estar simultáneamente vivo y muerto, o dicho de otro modo, de estar a la vez en dos estados distintos o en dos lugares a la vez.

Algo parecido le ocurre a la actitud política de moda, la equidistancia que, desde un imaginario trono de Salomón, reparte por igual la responsabilidad de la repetición de las elecciones y de la crisis política entre los “hunos y los hotros”. Así llamaba Unamuno en el otoño del 36 a los contendientes de la guerra en que había derivado el pronunciamiento militar del 18 de julio. El Rector de la Universidad de Salamanca nunca ocultó no obstante que, hasta el día de su muerte, a quien apoyó y en quien confió fue en los “hunos” y solo en los “hunos”, lo que por cierto queda algo difuso en la recién estrenada película Cuando termine la guerra” en la que Amenabar describe el ambiente en la capital charra por las fechas de la designación de Franco como Caudillo de España.

La equidistancia es una actitud política popular porque, como el lavado de manos de Pilatos, es fácil y cómoda de adoptar y encima acaba siendo recibida con agradecimiento por la audiencia. Por ejemplo, es la que adoptó Rufián en el discurso más celebrado de la última y fallida sesión de investidura de Pedro Sánchez en julio de 2019. Pero, en honor a la verdad, a diferencia de Don Miguel, Don Gabriel no dijo una sola palabra sobre el hecho de que la convocatoria anticipada de elecciones para el 28 de abril fue consecuencia directa del voto negativo de Esquerra Republicana a los presupuestos del 2019, los más sociales de la democracia, pactados previamente por PSOE y Unidas Podemos.

La bilocación del voto

En las elecciones del 28A los electores de la Comunidad Valenciana demostraron que el voto goza de la propiedad de bilocación, como el electrón cuántico. Aquel día, casi trescientos mil votantes otorgaron a Compromís su confianza para seguir gobernando la Generalitat y, simultáneamente, escogieron a Unidas Podemos para representarlos en la Cámara Baja.

Es en ese hecho en el que hay que buscar el origen de la decisión de Compromís de abandonar su estrategia de hace seis meses de acudir en solitario a las elecciones generales. A diferencia de 2015, 2016 y abril de 2019, Compromís se encuentra ahora en una posición de debilidad frente al PSPV tanto en las Corts como en el Consell. Mónica Oltra objetivamente debería haber estado interesada en crear un contrapoder a Ximo Puig en el Botànic II, estableciendo alianzas con Unidas Podemos en lugar de desairar a la coalición morada pactando con Errejón.

La decisión de concurrir el 10N con un partido recién concebido que ha tenido que interrumpir abruptamente su gestación para concurrir a la repetición electoral sin programa, sin estructura y sin líderes visibles en la Comunitad Valenciana, tiene más de aventura errática a la desesperada que de confianza en un dudoso efecto franquicia, por mucho bombo y platillo que reciba en los platós.

Salir del armario

Y eso sin contar con que Errejón, al reconocer a Compromís como su referente político en la Comunitat Valenciana, a nivel tanto local como autonómico, delegando en la coalición valenciana la elaboración de las listas, del programa electoral y de la gestión de la campaña, deja a sus partidarios, que haberlos haylos, en la estacada, sin más opción que salir del armario a pegar carteles de Baldoví o mantenerse encerrados en él, simultáneamente vivos y muertos como el gato de Schrödinger.

4 pensamientos sobre “Política cuántica.

  1. El gato ni vivo, ni muerto: errático al son de la comida que no es otra, que protegerse del poder, del imán que lo atrae para diluirse en él… Estos tampoco creen en la socialización del poder, querrán llevar su propia hegemonía de autodestrucción, más bien el gato muerto, por querer ser el único gato vivo…

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