ÓSCAR CRESPILLO/ @ocrespillo

Según reza en mi Documento Nacional de Identidad, ergo también debe estar escrito en el Libro de Familia, este 7 de Septiembre es mi cumpleaños.

Pasan los años y, ¡oh, sorpresa! siempre celebro mi aniversario el mismo día, un siete de septiembre.

POCO MIEDO A LA EDAD.

No siento pudor alguno a confesarles que me caen 45 septiembres. Y conforme van pasando es cierto que todo pesa más.

Si sales a andar, cada paso es una fatiga mayor (puto tabaco). Las cosas se caen con más frecuencia de las manos. Si te agachas a recogerlas, ya no te levantas dando un saltito, si no que acompañas ese movimiento con una especie de gruñido: ¡uffffairg!

Eso, si no te duele la espalda y entonces clamas contra el cielo: ¡me cago en …….., joder con la espalda!

Esos daños colaterales van marcando como si arrugas en la cara fuesen. Y hacen sabedor a uno que irán a más. Pero miedo a la edad, cero. Y a la muerte, menos.

POR QUÉ DEBEMOS MORIR.

Todas sabemos que hay gente con pánico a la muerte. Gente que se pregunta por qué hay que desaparecer. Y la respuesta puede ser tan sencilla como filosófica, según sea la persona que responda. Pero lo único real es que tenemos fecha de caducidad como un yogur, como una pieza de fruta o como el amor.

Aún así, yo también me he planteado esa cuestión alguna vez. ¿Por qué hay un final? Y lo hay porque si no lo hubiese siempre seríamos los mismos en esta maltrecha esfera llamada Tierra. ¿Se imaginan que no hubiesen podido nacer sus hijos porque está cubierto el cupo de habitabilidad en nuestro planeta? ¿Se pueden llegar a plantear que este mundo siguiese comandado por Hitler, Mussolini o Franco?

Hay que morir, antes o después, pero hay que hacerlo porque todo debe continuar. Y por ello hay que celebrar cada año que pasa en nuestras vidas. Es un logro conseguido, disfrutado, de aprendizaje, y algo que no volverá jamás.

NO ME HAGAN REGALOS.

Así pues, no tengo la menor intención de dejar de quejarme, de dejar de decir en voz alta que mi estómago cada día se enfada más conmigo, de callar que la tensión me preocupa,…como tampoco pienso aceptar regalos que no vengan del corazón.

No, no me hagan regalos. Pueden darme su amistad, su cariño, su amor, su afecto, su compañía. Pero no me regalen nada material.

Pero si realmente desean de verdad regalarme algo por mucho que yo les diga que no, hagan algo: acérquense más a la gente que le quieren, que le cuidan, que le buscan. Saquen tiempo de donde no lo haya para respetar, para amar, para abrazar, para besar…para jugar esa partida de cartas, para compartir tiempo con alguien.

Hagan feliz a alguien, al menos una vez al día. Verán que en ese momento ustedes también son felices y el miedo a la muerte se va disipando.

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