El Síndrome del rey león (2º parte y última por ahora)

En mi anterior artículo que titulé “El síndrome del rey león” es muy posible que para muchos lectores este título no tuviese nada que ver con el contenido; seguramente muchos pensarían que se refería a una crítica de la película de Disney. Pues nada más lejos de la realidad, oiga.

Como decía en el artículo mencionado, hace unos 14 años asistí a una conferencia sobre violencia contra la mujer en la que el conferenciante comenzó diciendo que solamente se dirigía a los, aproximadamente 15 hombres que estábamos en la sala. Y esto fue así porque los hombres sufrimos lo que él denominaba “El síndrome del Rey León” y que en muy resumidas líneas se trata de lo siguiente:

Los hombres hemos sido educados de una forma distinta a las mujeres. Nosotros no teníamos que hacernos la cama, ni teníamos que poner la mesa, ni recogerla, nosotros no limpiábamos la casa ni ordenábamos nuestra ropa; para eso estaba nuestra madre y, si era el caso, nuestra hermana que era educada en estas tareas “propias del sexo” (del sexo femenino, se sobreentiende), por lo tanto a los hombres nos educaban como “el rey de la casa” o como indicaba el conferenciante “como si fuésemos un león, el rey de la selva”.

Tras la incorporación de la mujer al mundo del trabajo, al disponer de una solvencia económica y no depender del salario de su marido, en definitiva al desarrollarse la mujer como persona independiente, es cuando vienen los conflictos de relaciones hombre/mujer.

Los hombres sufrimos “El síndrome del Rey León” es decir, nos sentimos menospreciados en nuestros supuestos derechos como hombres. Tenemos que ocuparnos de tareas de la casa, tenemos que colaborar activamente al cuidado de los hijos, nuestras mujeres tienen más libertad de movilidad puesto que entran y salen de casa para ir a su trabajo, quedar con otras amistades y sobre todo son independientes económicamente; no como ocurría con nuestras madres y abuelas cuyo objetivo era encontrar un buen hombre que las mantuviese y cubriese las necesidades de los hijos de la pareja. Esto origina que el status de Rey León se nos desmorone y veamos en la mujer al enemigo a batir, si hablásemos de la película de Disney sería el personaje de Scar el malvado tío de Simba.

Por suerte muchos, muchísimos hombres, hemos sabido superar este “trauma masculino” y en buena parte debido a la educación recibida en el respeto, hemos sobre llevado el cambio social que se ha producido desde finales de los años ochenta a esta parte del siglo XXI de forma paulatina. Sin embargo todavía queda muchísimo camino por recorrer en aras a la igualdad, al respeto y a la convivencia.

Cada vez que soy conocedor de un asesinato de una mujer por parte de su pareja o ex pareja me viene el mismo recuerdo a la mente “otro caso de síndrome del rey león no superado”. Y desgraciadamente llevamos 1012 mujeres asesinadas hasta este último mes de julio. En mi anterior artículo decía que algo no funciona cuando el estado aporta más de dos mil millones anuales y los asesinatos se mantienen en una media de 60 mujeres asesinadas anualmente desde 2003 en que se comenzó a contabilizar esta macabra estadística.

Actualmente muchos hombres nos sentimos preocupados por denunciar estas prácticas inoperantes que no solucionan la lacra de muertes. Sin embargo el problema es muy complicado puesto que hay muchos factores y muchos intereses en juego.

Cuando desde Asociaciones se dice que “los hombres matan” se generaliza de forma cruel porque no es cierto que los hombres maten, los seres humanos matamos sin distinción de sexo aunque es cierto que los hombres más que las mujeres; pues bien, cuando denuncias esto te tachan de “machista” y de “blanqueador del heteropatriarcado”. Cuando se publican la nacionalidad de los agresores, te tachan de xenofobia, de racismo y de no sé cuántas maldades más.

En definitiva y a lo que voy… que el problema social es lo suficientemente grave como para andarnos con tonterías. El conocimiento y la información nos deben servir para encontrar soluciones y no para catalogar a la persona que denuncia. Más claramente; entiendo que dependiendo de la nacionalidad del agresor podemos analizar el nivel educativo y formativo que ha recibido esa persona y consecuentemente poner soluciones reales; que los más de dos mil millones de euros que salen de nuestros impuestos sirvan para la educación, la formación y la integración social de todas las personas que desde otros países y otras sociedades vienen a convivir con nosotros, en nuestra sociedad y con nuestras familias, y no solamente para pagar campañas que se antojan totalmente inoperantes, dados los resultados, o para pagar sueldos de no se sabe cuántas personas entre asesores, juristas, coordinadores, informadores… etc. etc. y etc. porque al final, lo que la gente de la calle llega a pensar, es que a la sombra de la Ley de Violencia de Género viven y muy bien unos cientos de personas pero las mujeres siguen sufriendo y muriendo cada día.

No es de recibo que las soluciones pasen por recomendar que no salgan de noche, que no vayan solas, que no se pongan según que vestidos… estamos volviendo al pasado más gris de nuestra historia. Las campañas y acciones deben ir encaminadas a mantener el sistema social de libertades que con mucho trabajo y esfuerzo han ido consiguiendo las mujeres. Y para eso es indispensable la formación humana en el respeto, en la igualdad, en la cooperación, en que tanto los hombres como las mujeres tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones en todos los ámbitos de la vida. Que tanto hombres como mujeres estamos en este mundo para hacernos felices los unos a los otros y no para imponernos unos sobre otros.

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